sábado, 2 de julio de 2016

Un día de lluvia...(V.O. extendida)



© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Portada: fotografía bajada de internet 
y cuadro de Luis Burgos
Titular de los derechos: el autor




Un día de lluvia…
Nunca llueve a gusto de todos







Cuando colgué el teléfono tuve la certeza de que, en otra ciudad y con familia, jamás volvería a saber nada de ella. ¡Uf!, estaba casada y tenía un niño al que oí llorar de fondo. Yo la había llamado después de que en mi móvil una voz de hombre con tono de pocos amigos me conminara a no acercarme de nuevo a ella.

Había transcurrido un tiempo desde que un espléndido sol alumbrara su sentimiento de culpa. En su presurosa huida abandonó una fragante estela sobre mi cama; ronroneos y melosos gemidos embriagaban mi mente, sumida en el sueño más placentero y relajante.

¡Imposible, hubiera sido contenernos…!

Sus manos firmes habían apretado mi cuerpo y labrado surcos de placer en mi espalda. Cerraba los ojos con fuerza, como queriendo impedir el asomo de cierto pudor, al tiempo que la suave cadencia inicial ganaba intensidad tras haber acompasado nuestra respiración. Cuando, invitado por su mirada hospitalaria, había apoyado mi desnudo pecho sobre los suyos, igualmente desnudos, emergió un penetrante aroma a bebé, Un momento antes, sonriendo me había arrebatado la ropa.

¡Me correspondía casi con violencia…!

Entre mis ágiles dedos, que con esmero argumentaron deliciosas caricias, danzaron libres sus alborozados senos al levantar su blusa cual telón de teatro. Las curvas de sus caderas, cobijo de su esencia femenina aparecieron cuando retiré la última de sus prendas. La lujuria se había desatado sin freno alguno cuando llegados al portal subimos al tercer piso y en cada descansillo nos servimos un sabroso aperitivo.

Habíamos recorrido viejas y solitarias callejuelas, entre luces y sombras, en una divertida carrera bajo la lluvia.

¡Cada esquina, un prolongado beso…!

Se había dejado llevar fuera cuando tiré de su mano. Nos alejabamos de aquellas demacradas figuras de rostros amarillos y ojerosos que se estremecían al compás de una música machacona, y cuya impertinencia había rodeado nuestro ceremonial de cortejo.

Con suavidad, mostrando una falsa inexperiencia, había buscado sus labios y posado en ellos mis ansias con suma cautela.

¡Tan solo un instante…!

La noche la pintaban en colores fuertes cual si de un cuadro de Burgos se tratara cuando, avanzadas las horas, el deseo contenido ya se expresaba con libertad entre los relojes y escotillas del discobar de moda de mi ciudad y su opresivo ambiente submarino.

La risa le brotaba franca, inspirada por el roce de mis labios en su oído y el mensaje secreto susurrado. Su perfume me resultó fresco y estimulador. Coqueta, enarcaba las cejas abriendo los ojos con desmesura y por entre sus labios una ráfaga de aire se deslizó sensual y asertiva. De inmediato, la música pareció enmudecer, y con la mirada supliqué de nuevo.

¡De nuevo, un sí…!

Sus ojos de mar en calma, ansiosos, habían buscado los míos, y entre risas y juegos, leído la lascivia en ellos cuando tras la cena le ofrecí una copa.

¡No fueron una, ni dos…!

Habíamos conversado; me dijo su nombre; venía del norte, donde dicen que el milagro del sexo raras veces acontece; tal vez, por ello, más que por méritos propios…, me había aceptado un café bien caliente: apenas un alivio para aquella carita pálida enmarcada por dorados rizos que ―embebidos de toda el agua del cielo― pesaban cual pecado original y le forzaban a bajar la cabeza en gesto sugerente.

Aún recuerdo con nostalgia el instante en que la conocí, aquella tarde de pertinaz lluvia en que, aleccionado por mi querencia a las situaciones extrañas, la invité a entrar en calor… El cielo había roto aguas y yo no podía dejar de mirar los ojazos de aquella aterida muchacha que, como cantos de sirena, me atraían en silencio; mientras el sacerdote recitaba su ruego por el alma de don Ramón cuyo ataúd esperaba ser sumergido.

¡A punto estaba de ser navegable aquel cementerio!

Pero eso… ¡había sido otra historia!:


«Requiestcat in pace» sentenció el sacerdote. El responso había sido breve, aunque bajo la incesante lluvia pareció eterno. Aquel día de julio, de un verano notablemente seco, el cielo había roto aguas precisamente cuando don Ramón se dispuso a emprender su último viaje.

Don Ramón no era persona que gustase de ritos religiosos, sin embargo, aquel día no se pudo negar cuando le organizaron el suyo. Don Ramón era muy querido por las gentes del lugar, un pequeño villorrio norteño dedicado al cultivo de la huerta y los frutales Don Ramón había conquistado el corazón de sus vecinos con su amable hacer y esa sonrisa sempiterna. Aquel accidente automovilístico en la carretera que lleva a la ciudad fue un drama de dimensión comarcal. Don Ramón falleció a los setenta y dos años dejando viuda y dos hijos, que en su momento habían desertado de la vida rural.

Cuando a mediados de los años 50 del pasado siglo don Ramón utilizó los antiguos calados vinícolas para llenarlos de basura y dedicarse a la cría de un nuevo cultivo proveniente de Francia, no podía imaginar que estaba reescribiendo la historia de su pueblo y de la región. A pesar de haber hecho fortuna mantenía su vida de siempre; el mismo bar, los mismos amigos e incluso la misma esposa. Nunca se le conoció una mancha en su expediente vital. Seguro que sería bien recibido con unas palmadas en el hombro cuando arribara la última estación.

El oficio religioso fue una multitudinaria manifestación de duelo. En la parroquia de la localidad no cabía un alma, tal vez por ello muchos esperaban en los bares tomando unas cañas en animada conversación. El sacerdote habló de la vida y la muerte como si realmente supiese lo que hay al final del túnel; como si realmente sus palabras consolaran por la pérdida a sus seres queridos. Pasados los años en que la Iglesia vencía, no creo que aquellas palabras convencieran. La estampa la completaban numerosos temporeros del campo, que ajenos a la cultura cristiana optaban por acercarse a esas otras iglesias a tomar té, y alguna que otra cañita.

Finalizado el funeral córpore insepulto, aquel gentío procesionó lentamente hasta el cementerio bajo una pertinaz lluvia como si el cielo quisiese competir con sus lloros y letanías. Gentes del lugar y de fuera que bien por sincero cariño o por fariseísmo vecinal acudieron a la luctuosa llamada de las esquelas en las calles del pueblo.

Mientras el sacerdote recitaba su ruego por el alma de don Ramón, yo no dejaba de mirar a la chica rubia que bajo un gran paraguas —negro, por supuesto—, y abrazada a una compañera, observaba con unos grandes ojos azules la surrealista escena en la que el ataúd esperaba ser sumergido en vez de enterrado.

¡A punto estaba de ser navegable aquel cementerio!

«Requiestcat in pace» sentenció el sacerdote. El cuerpo sin vida de don Ramón descansaba para siempre.

Entre tanto, yo no podía dejar de mirar los ojazos de aquella aterida muchacha. Como canto de sirena me atraían en silencio. Aleccionado por mi querencia a las situaciones extrañas la invité a entrar en calor…

Pero eso... ¡fue otra historia!


Ignacio Achútegui Conde
Logroño, a 12 de diciembre de 2014
y 22 mayo de 2016

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