domingo, 22 de mayo de 2016

Un día de lluvia (versión original)


© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Portada: fotografía bajada de internet 
y cuadro de Luis Burgos
Titular de los derechos: el autor










Un día de lluvia




Cuando colgué el teléfono tuve la certeza de que, en otra ciudad y con familia, jamás volvería a saber nada de ella. ¡Uf!, estaba casada y tenía un niño al que oí llorar de fondo. Yo la había llamado después de que en mi móvil una voz de hombre con tono de pocos amigos me conminara a no acercarme de nuevo a ella.

Había transcurrido un tiempo desde que un espléndido sol alumbrara su sentimiento de culpa. En su presurosa huida abandonó una fragante estela sobre mi cama; ronroneos y melosos gemidos embriagaban mi mente, sumida en el sueño más placentero y relajante.

¡Imposible, hubiera sido contenernos…!

Sus manos firmes habían apretado mi cuerpo y labrado surcos de placer en mi espalda. Cerraba los ojos con fuerza, como queriendo impedir el asomo de cierto pudor, al tiempo que la suave cadencia inicial ganaba intensidad tras haber acompasado nuestra respiración. Cuando, invitado por su mirada hospitalaria, había apoyado mi desnudo pecho sobre los suyos, igualmente desnudos, emergió un penetrante aroma a bebé, Un momento antes, sonriendo me había arrebatado la ropa.

¡Me correspondía casi con violencia…!

Entre mis ágiles dedos, que con esmero argumentaron deliciosas caricias, danzaron libres sus alborozados senos al levantar su blusa cual telón de teatro. Las curvas de sus caderas, cobijo de su esencia femenina aparecieron cuando retiré la última de sus prendas. La lujuria se había desatado sin freno alguno cuando llegados al portal subimos al tercer piso y en cada descansillo nos servimos un sabroso aperitivo.

Habíamos recorrido viejas y solitarias callejuelas, entre luces y sombras, en una divertida carrera bajo la lluvia.

¡Cada esquina, un prolongado beso…!

Se había dejado llevar fuera cuando tiré de su mano. Nos alejabamos de aquellas demacradas figuras de rostros amarillos y ojerosos que se estremecían al compás de una música machacona, y cuya impertinencia había rodeado nuestro ceremonial de cortejo.

Con suavidad, mostrando una falsa inexperiencia, había buscado sus labios y posado en ellos mis ansias con suma cautela.

¡Tan solo un instante…!

La noche la pintaban en colores fuertes cual si de un cuadro de Burgos se tratara cuando, avanzadas las horas, el deseo contenido ya se expresaba con libertad entre los relojes y escotillas del discobar de moda de mi ciudad y su opresivo ambiente submarino.

La risa le brotaba franca, inspirada por el roce de mis labios en su oído y el mensaje secreto susurrado. Su perfume me resultó fresco y estimulador. Coqueta, enarcaba las cejas abriendo los ojos con desmesura y por entre sus labios una ráfaga de aire se deslizó sensual y asertiva. De inmediato, la música pareció enmudecer, y con la mirada supliqué de nuevo.

¡De nuevo, un sí…!

Sus ojos de mar en calma, ansiosos, habían buscado los míos, y entre risas y juegos, leído la lascivia en ellos cuando tras la cena le ofrecí una copa.

¡No fueron una, ni dos…!

Habíamos conversado; me dijo su nombre; venía del norte, donde dicen que el milagro del sexo raras veces acontece; tal vez, por ello, más que por méritos propios…, me había aceptado un café bien caliente: apenas un alivio para aquella carita pálida enmarcada por dorados rizos que ―embebidos de toda el agua del cielo― pesaban cual pecado original y le forzaban a bajar la cabeza en gesto sugerente.

Aún recuerdo con nostalgia el instante en que la conocí, aquella tarde de pertinaz lluvia en que, aleccionado por mi querencia a las situaciones extrañas, la invité a entrar en calor… El cielo había roto aguas y yo no podía dejar de mirar los ojazos de aquella aterida muchacha que, como cantos de sirena, me atraían en silencio; mientras el sacerdote recitaba su ruego por el alma de don Ramón cuyo ataúd esperaba ser sumergido.

¡A punto estaba de ser navegable aquel cementerio!

Pero eso… ¡había sido otra historia!

Ignacio Achútegui Conde
Logroño, a 22 de mayo de 2016

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