domingo, 4 de diciembre de 2016

Tumala y el conde pescador


© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Portada: dibujo bajado de internet 
Titular de los derechos: el autor


TUMALA Y EL CONDE PESCADOR
a Susana, mi pintora favorita


Tumala fue por sus pinturas, pero estas habían desaparecido. ¿Cómo podía haber sucedido si siempre ponía extremo cuidado en guardarlas? Perpleja, buscó por entre todos los cajones y lugares donde por descuido pudiese haberlas colocado. ¡Nada, que no aparecían!
Tumala quedó compungida, ya no podría pintar sus sueños en las paredes de su ciudad. Y sin poder compartir sus sueños… ¿cómo iba a ser feliz la gente? La luz y el color paulatinamente fueron desapareciendo de aquellos parajes. El asunto, realmente grave, le preocupó tanto que cayó enferma de melancolía.
No os he contado quien era Tumala, así que... ¡prestad atención!:
Había un país donde la gente no era feliz. El país estaba situado más a oriente que todos los demás países. Tan a oriente que en realidad estaba a occidente de todos ellos. Esto era una compleja situación ya que otro punto de vista sostenía que en realidad estaba tan a occidente que no existía otro más oriental. De toda esta controversia ha resultado que en la actualidad nadie sabe dónde se ubicaba el trágico país y quedó perdido en algún rincón de la memoria.
En aquel lejano, o… cercano, país la risa era totalmente desconocida; la alegría, imposible y la esperanza no poseía alas que le permitiesen volar alto y posarse en cada uno de los súbditos para contagiarlos de ella. Nadie sabía desde cuando aquello era así. Así había sido toda la vida y así debían seguir, pensaban todos ellos con extraño convencimiento. Cierto era que no conocían la felicidad, pero es que además ni siquiera intuían que pudiera existir.
Aquel mundo no tenía color, los pájaros eran blancos o negros, las flores tampoco lucían bellas tonalidades, el sol y la luna parecían el mismo astro de lívido rostro ―por lo que no había diferencia entre el día y la noche―. Aquella inhospitalidad se alargó por incontables años hasta que un día surgió como bendecida por la providencia una muchacha de limpia mirada que traía consigo una mochila cargada de pinturas. Desolada por el paisaje, puso todo el corazón en dar color a todo aquello. Fue una tarea lenta ―demasiado trabajo pendiente― aunque al final, lo consiguió: todo era distinto, como si no fuese el mismo lugar.
Aquella muchacha, delgada, de pelo negro y risa contagiosa. Aquella muchacha, se llamaba Tumala. Los lugareños agradecían siempre con una amistosa sonrisa lo que Tumala había hecho por ellos. La vida de aquel país... ¡cobró realmente vida! Durante años la convivencia fue amable, alegre, feliz. Entonces, ¿qué había sucedido para que la grisura retornase sumiendo a la población y a Tumala en la melancolía?
Por las tierras alegres había aparecido un personaje que, si bien en origen era un humilde pescador, había logrado ―no se sabe a ciencia cierta cómo― hacerse llamar conde y usar de malas artes con el otrora feliz pueblo, al que gobernaba con fea autocracia. A sus caprichos nadie pudo poner freno. Las doncellas escondían su rostro y su virtud, temerosas de él.
Mientras, Tumala seguía provocando felicidad con sus pinturas ajena al hecho de que el trasnochado conde se había quemado con la luz de su rostro y pretendía su amor.
El viejo conde comenzó a visitar a Tumala cada atardecer. Cada vez más claras sus intenciones que, por supuesto, Tumala ignoraba con disimulado desprecio. El ridículo conde se engalanaba con sus más cursis prendas y bañado en el más empalagoso de los perfumes acudía puntualmente, para desazón de la pintora, a la que abrumaba con su barroca perorata. Tonto de él, no era capaz de darse cuenta de lo inútil de sus pretensiones.
El tiempo fue pasando y ya el conde comenzó a desesperar; tanto, que se enojó con todo el mundo. Aquellos paisanos felices le reconcomían el espíritu y decidió de manera absolutamente arbitraria que aquello no podía ser así: ¡Nadie sería feliz si él no lo era!
Con premeditada alevosía volvió un atardecer más a casa de Tumala; pero en esta ocasión, fue menos insistente y aligeró su interesada charlatanería. Alabó los murales que ella había sembrado por cada rincón del país. Halagada, ella comenzó a charlar animadamente de nueva ideas, incluso le mostró el taller donde preparaba sus proyectos con los que extender los sueños a otros países. Hablar de sus creaciones le llevó caer en la trampa.
Cuando se hizo tarde, él se despidió y salió de la casa. Sigiloso, volvió a entrar y ―mientras, distraída, Tumala se preparaba la cena― abrió los cajones, tomó todas aquellas barritas de colores y desapareció entre las sombras.
Al día siguiente la desesperación llegó al alma de Tumala cuando descubrió la fatalidad. Por más que rebuscó no aparecían. Hecha un mar de lágrimas, la enfermedad se apoderaría de su cuerpo al ver como aquel mundo de color se desvanecía en una triste gama de grises. El país quedó sumido de nuevo en la oscuridad y, al igual que ella, todos los habitantes cayeron en una profunda depresión. ¡Incluso el conde fue víctima de su mala acción! Sin embargo, no cedió y no devolvió las pinturas. ¿Cómo podría Tumala pintar un nuevo y feliz futuro? 
Pasó un tiempo y el país continuaba oscuro. El conde seguía pretendiéndola sin que ella accediera. A punto estaba ya de aceptar por el bien de sus vecinos cuando recordó una vieja historia que había oído sobre un negro tizón y una pintada de amor en un muro en algún otro país. Del hogar recogió unos leños tiznados, los partió en pequeños trozos a modo de lápices y al amparo de la oscuridad se puso a dibujar. En contra de lo habitual, como no podía hacer otra cosa, pintó en blanco y negro escenas más bien desagradables en las que el conde sufría toda clase de calamidades. El conde aún tardó en relacionar sus desgracias con Tumala y sus dibujos, fue entonces cuando arrepentido acudió a visitarla, suplicó perdón y le devolvió todas sus pinturas.
Presurosa, ella se puso manos a la obra y comenzó a pintar de color aquellos negros paisajes; los pájaros y las flores recobraron sus vistosos colores, los ríos, las montañas… El sol brilló con amarilla fuerza y la luna lució más hermosa. Nuevos y bonitos sueños que al cumplirse devolvieron la felicidad a aquella tierra.
El conde abdicó de su falso título y se retiró a un claro del verde bosque donde reanudó su actividad de pescador. Dicen que arrepentido llegó a ser muy amigo de la buena Tumala, ¡pero solo eso, amigos!
Y colorín colorado este cuento, se ha acabado.


Ignacio Achútegui Conde
Logroño, diciembre de 2016

sábado, 19 de noviembre de 2016

Desandar pasos perdidos

© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Portada: dibujo bajado de internet 
Titular de los derechos: el autor






desandar pasos perdidos

Basado en una canción de mi amigo Floren Romero Díaz






Lento caminar que no sé bien a dónde me conduce. La hojarasca que el otoño ha puesto a mis pies me impide hacerlo con la soltura de antaño. Viví, y ¡bien que viví!, con el vértigo alegre de quien se supo segura de si misma; sin embargo, el tiempo ha hecho mella en los sentimientos… ¿No decían que cura cicatrices?

Camino taciturna por vacías calles llenas de gente que se agolpa, mira, ríe, critica y pasa de largo. Gente que se aparta a mi paso invitándome a recorrer el breve espacio entre calle Melancolía y Calvario. El frío y húmedo invierno azota, implacable, mi rostro. ¡Qué lejos quedaron aquellos eternos veranos a tu lado cuando nos prometimos el amor que se prometen los enamorados!

No estás ya a mi lado: Al fin, sufrimos todo aquello que juramos no sufrir. Llueve con fuerza. La mirada perdida persigue los pétalos de nuestro amor naufragado que desvanecen su presencia por el desagüe en el asfalto gris.

Duelen más las lágrimas que no lloramos que los pasos que no podemos desandar. ¿Cómo fue que nos perdimos si el norte siempre estuvo ahí?

Camino sola por Madrid. Ya no quedan hojas, tampoco llueve. El invierno moribundo se retira y no sé qué hago preguntándome por aquí, por allí… No sé por qué te recuerdo, ¡tonta de mí! ¿Cómo fue que dudo, siquiera si fue así?

Aligero el paso, sé bien donde ir. Llego a Sol, un nuevo tren pasará que me aleje de ti.

Ignacio Achútegui Conde
Logroño, noviembre 2016

lunes, 11 de julio de 2016

Un día de lluvia... (versión microrrelato)



© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Portada: fotografía bajada de internet 
y cuadro de Luis Burgos
Titular de los derechos: el autor





Un día de lluvia…
Nunca llueve a gusto de todos






Cuando colgué el teléfono tuve la certeza de que jamás volvería a saber nada de ella.

Había transcurrido un tiempo desde que un espléndido sol alumbrara su sentimiento de culpa, estaba casada y con familia. En su presurosa huida abandonó una fragante estela sobre mi cama; ronroneos y melosos gemidos embriagaban mi mente sumida en el sueño más placentero y relajante. Sus manos firmes habían apretado mi cuerpo contra las curvas de sus caderas, cobijo de su esencia femenina, y labrado surcos de placer en mi espalda.

Habíamos recorrido viejas y solitarias callejuelas, entre luces y sombras, en una divertida carrera bajo la lluvia. Me había aceptado un café bien caliente: apenas un alivio para aquella carita pálida enmarcada por dorados rizos que, embebidos de toda el agua del cielo, pesaban cual pecado original.

Aún recuerdo con nostalgia el instante en que la conocí: aquel día de julio, de un verano notablemente seco, el cielo había roto aguas precisamente cuando don Ramón se dispuso a emprender su último viaje.

Mientras el sacerdote recitaba su responso, yo no podía dejar de mirar a la muchacha rubia que bajo un gran paraguas —negro, por supuesto— observaba con unos grandes ojos azules, que como canto de sirena me atraían en silencio, la surrealista escena en la que el ataúd esperaba ser sumergido en vez de enterrado.

¡A punto estaba de ser navegable aquel cementerio!

Aleccionado por mi querencia a las situaciones extrañas la invité a entrar en calor…


Ignacio Achútegui Conde
Logroño, 11 de julio de 2016

sábado, 2 de julio de 2016

Un día de lluvia...(V.O. extendida)



© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Portada: fotografía bajada de internet 
y cuadro de Luis Burgos
Titular de los derechos: el autor




Un día de lluvia…
Nunca llueve a gusto de todos







Cuando colgué el teléfono tuve la certeza de que, en otra ciudad y con familia, jamás volvería a saber nada de ella. ¡Uf!, estaba casada y tenía un niño al que oí llorar de fondo. Yo la había llamado después de que en mi móvil una voz de hombre con tono de pocos amigos me conminara a no acercarme de nuevo a ella.

Había transcurrido un tiempo desde que un espléndido sol alumbrara su sentimiento de culpa. En su presurosa huida abandonó una fragante estela sobre mi cama; ronroneos y melosos gemidos embriagaban mi mente, sumida en el sueño más placentero y relajante.

¡Imposible, hubiera sido contenernos…!

Sus manos firmes habían apretado mi cuerpo y labrado surcos de placer en mi espalda. Cerraba los ojos con fuerza, como queriendo impedir el asomo de cierto pudor, al tiempo que la suave cadencia inicial ganaba intensidad tras haber acompasado nuestra respiración. Cuando, invitado por su mirada hospitalaria, había apoyado mi desnudo pecho sobre los suyos, igualmente desnudos, emergió un penetrante aroma a bebé, Un momento antes, sonriendo me había arrebatado la ropa.

¡Me correspondía casi con violencia…!

Entre mis ágiles dedos, que con esmero argumentaron deliciosas caricias, danzaron libres sus alborozados senos al levantar su blusa cual telón de teatro. Las curvas de sus caderas, cobijo de su esencia femenina aparecieron cuando retiré la última de sus prendas. La lujuria se había desatado sin freno alguno cuando llegados al portal subimos al tercer piso y en cada descansillo nos servimos un sabroso aperitivo.

Habíamos recorrido viejas y solitarias callejuelas, entre luces y sombras, en una divertida carrera bajo la lluvia.

¡Cada esquina, un prolongado beso…!

Se había dejado llevar fuera cuando tiré de su mano. Nos alejabamos de aquellas demacradas figuras de rostros amarillos y ojerosos que se estremecían al compás de una música machacona, y cuya impertinencia había rodeado nuestro ceremonial de cortejo.

Con suavidad, mostrando una falsa inexperiencia, había buscado sus labios y posado en ellos mis ansias con suma cautela.

¡Tan solo un instante…!

La noche la pintaban en colores fuertes cual si de un cuadro de Burgos se tratara cuando, avanzadas las horas, el deseo contenido ya se expresaba con libertad entre los relojes y escotillas del discobar de moda de mi ciudad y su opresivo ambiente submarino.

La risa le brotaba franca, inspirada por el roce de mis labios en su oído y el mensaje secreto susurrado. Su perfume me resultó fresco y estimulador. Coqueta, enarcaba las cejas abriendo los ojos con desmesura y por entre sus labios una ráfaga de aire se deslizó sensual y asertiva. De inmediato, la música pareció enmudecer, y con la mirada supliqué de nuevo.

¡De nuevo, un sí…!

Sus ojos de mar en calma, ansiosos, habían buscado los míos, y entre risas y juegos, leído la lascivia en ellos cuando tras la cena le ofrecí una copa.

¡No fueron una, ni dos…!

Habíamos conversado; me dijo su nombre; venía del norte, donde dicen que el milagro del sexo raras veces acontece; tal vez, por ello, más que por méritos propios…, me había aceptado un café bien caliente: apenas un alivio para aquella carita pálida enmarcada por dorados rizos que ―embebidos de toda el agua del cielo― pesaban cual pecado original y le forzaban a bajar la cabeza en gesto sugerente.

Aún recuerdo con nostalgia el instante en que la conocí, aquella tarde de pertinaz lluvia en que, aleccionado por mi querencia a las situaciones extrañas, la invité a entrar en calor… El cielo había roto aguas y yo no podía dejar de mirar los ojazos de aquella aterida muchacha que, como cantos de sirena, me atraían en silencio; mientras el sacerdote recitaba su ruego por el alma de don Ramón cuyo ataúd esperaba ser sumergido.

¡A punto estaba de ser navegable aquel cementerio!

Pero eso… ¡había sido otra historia!:


«Requiestcat in pace» sentenció el sacerdote. El responso había sido breve, aunque bajo la incesante lluvia pareció eterno. Aquel día de julio, de un verano notablemente seco, el cielo había roto aguas precisamente cuando don Ramón se dispuso a emprender su último viaje.

Don Ramón no era persona que gustase de ritos religiosos, sin embargo, aquel día no se pudo negar cuando le organizaron el suyo. Don Ramón era muy querido por las gentes del lugar, un pequeño villorrio norteño dedicado al cultivo de la huerta y los frutales Don Ramón había conquistado el corazón de sus vecinos con su amable hacer y esa sonrisa sempiterna. Aquel accidente automovilístico en la carretera que lleva a la ciudad fue un drama de dimensión comarcal. Don Ramón falleció a los setenta y dos años dejando viuda y dos hijos, que en su momento habían desertado de la vida rural.

Cuando a mediados de los años 50 del pasado siglo don Ramón utilizó los antiguos calados vinícolas para llenarlos de basura y dedicarse a la cría de un nuevo cultivo proveniente de Francia, no podía imaginar que estaba reescribiendo la historia de su pueblo y de la región. A pesar de haber hecho fortuna mantenía su vida de siempre; el mismo bar, los mismos amigos e incluso la misma esposa. Nunca se le conoció una mancha en su expediente vital. Seguro que sería bien recibido con unas palmadas en el hombro cuando arribara la última estación.

El oficio religioso fue una multitudinaria manifestación de duelo. En la parroquia de la localidad no cabía un alma, tal vez por ello muchos esperaban en los bares tomando unas cañas en animada conversación. El sacerdote habló de la vida y la muerte como si realmente supiese lo que hay al final del túnel; como si realmente sus palabras consolaran por la pérdida a sus seres queridos. Pasados los años en que la Iglesia vencía, no creo que aquellas palabras convencieran. La estampa la completaban numerosos temporeros del campo, que ajenos a la cultura cristiana optaban por acercarse a esas otras iglesias a tomar té, y alguna que otra cañita.

Finalizado el funeral córpore insepulto, aquel gentío procesionó lentamente hasta el cementerio bajo una pertinaz lluvia como si el cielo quisiese competir con sus lloros y letanías. Gentes del lugar y de fuera que bien por sincero cariño o por fariseísmo vecinal acudieron a la luctuosa llamada de las esquelas en las calles del pueblo.

Mientras el sacerdote recitaba su ruego por el alma de don Ramón, yo no dejaba de mirar a la chica rubia que bajo un gran paraguas —negro, por supuesto—, y abrazada a una compañera, observaba con unos grandes ojos azules la surrealista escena en la que el ataúd esperaba ser sumergido en vez de enterrado.

¡A punto estaba de ser navegable aquel cementerio!

«Requiestcat in pace» sentenció el sacerdote. El cuerpo sin vida de don Ramón descansaba para siempre.

Entre tanto, yo no podía dejar de mirar los ojazos de aquella aterida muchacha. Como canto de sirena me atraían en silencio. Aleccionado por mi querencia a las situaciones extrañas la invité a entrar en calor…

Pero eso... ¡fue otra historia!


Ignacio Achútegui Conde
Logroño, a 12 de diciembre de 2014
y 22 mayo de 2016

martes, 7 de junio de 2016

Febrero




Febrero, de todos los meses del año, tiene algo que lo convierte en especial. Si bien es cierto que el solsticio de invierno marca la victoria del sol, no es hasta febrero ―tras los cortos y gélidos días de diciembre y enero― cuando se consolida esa victoria; momento en que se descorren las cortinas neblinosas para que el sol, perdida su timidez, penetre con algo de fuerza en nuestras vidas. Febrero es por tanto un mes abierto a la esperanza que renace. Además es corto como si quisiera darle aire al calendario para pronto llegar a la primavera.
Febrero tiene una significación personal en el acervo mitológico de las relaciones sentimentales en las que uno se ha visto envuelto. En el primer día de este mes se amparan dos hechos relacionados que resultaron, con doce años de diferencia, antagónicos. Un beso y una maleta evidenciaron sendos actos; una valla y una escalera, mudos testigos: la primera como clara metáfora de la prisión que supone el matrimonio; la segunda, vía de escape forzada del mismo.


Logroño, 7 de junio de 2016

domingo, 22 de mayo de 2016

Un día de lluvia (versión original)


© Texto: Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Portada: fotografía bajada de internet 
y cuadro de Luis Burgos
Titular de los derechos: el autor










Un día de lluvia




Cuando colgué el teléfono tuve la certeza de que, en otra ciudad y con familia, jamás volvería a saber nada de ella. ¡Uf!, estaba casada y tenía un niño al que oí llorar de fondo. Yo la había llamado después de que en mi móvil una voz de hombre con tono de pocos amigos me conminara a no acercarme de nuevo a ella.

Había transcurrido un tiempo desde que un espléndido sol alumbrara su sentimiento de culpa. En su presurosa huida abandonó una fragante estela sobre mi cama; ronroneos y melosos gemidos embriagaban mi mente, sumida en el sueño más placentero y relajante.

¡Imposible, hubiera sido contenernos…!

Sus manos firmes habían apretado mi cuerpo y labrado surcos de placer en mi espalda. Cerraba los ojos con fuerza, como queriendo impedir el asomo de cierto pudor, al tiempo que la suave cadencia inicial ganaba intensidad tras haber acompasado nuestra respiración. Cuando, invitado por su mirada hospitalaria, había apoyado mi desnudo pecho sobre los suyos, igualmente desnudos, emergió un penetrante aroma a bebé, Un momento antes, sonriendo me había arrebatado la ropa.

¡Me correspondía casi con violencia…!

Entre mis ágiles dedos, que con esmero argumentaron deliciosas caricias, danzaron libres sus alborozados senos al levantar su blusa cual telón de teatro. Las curvas de sus caderas, cobijo de su esencia femenina aparecieron cuando retiré la última de sus prendas. La lujuria se había desatado sin freno alguno cuando llegados al portal subimos al tercer piso y en cada descansillo nos servimos un sabroso aperitivo.

Habíamos recorrido viejas y solitarias callejuelas, entre luces y sombras, en una divertida carrera bajo la lluvia.

¡Cada esquina, un prolongado beso…!

Se había dejado llevar fuera cuando tiré de su mano. Nos alejabamos de aquellas demacradas figuras de rostros amarillos y ojerosos que se estremecían al compás de una música machacona, y cuya impertinencia había rodeado nuestro ceremonial de cortejo.

Con suavidad, mostrando una falsa inexperiencia, había buscado sus labios y posado en ellos mis ansias con suma cautela.

¡Tan solo un instante…!

La noche la pintaban en colores fuertes cual si de un cuadro de Burgos se tratara cuando, avanzadas las horas, el deseo contenido ya se expresaba con libertad entre los relojes y escotillas del discobar de moda de mi ciudad y su opresivo ambiente submarino.

La risa le brotaba franca, inspirada por el roce de mis labios en su oído y el mensaje secreto susurrado. Su perfume me resultó fresco y estimulador. Coqueta, enarcaba las cejas abriendo los ojos con desmesura y por entre sus labios una ráfaga de aire se deslizó sensual y asertiva. De inmediato, la música pareció enmudecer, y con la mirada supliqué de nuevo.

¡De nuevo, un sí…!

Sus ojos de mar en calma, ansiosos, habían buscado los míos, y entre risas y juegos, leído la lascivia en ellos cuando tras la cena le ofrecí una copa.

¡No fueron una, ni dos…!

Habíamos conversado; me dijo su nombre; venía del norte, donde dicen que el milagro del sexo raras veces acontece; tal vez, por ello, más que por méritos propios…, me había aceptado un café bien caliente: apenas un alivio para aquella carita pálida enmarcada por dorados rizos que ―embebidos de toda el agua del cielo― pesaban cual pecado original y le forzaban a bajar la cabeza en gesto sugerente.

Aún recuerdo con nostalgia el instante en que la conocí, aquella tarde de pertinaz lluvia en que, aleccionado por mi querencia a las situaciones extrañas, la invité a entrar en calor… El cielo había roto aguas y yo no podía dejar de mirar los ojazos de aquella aterida muchacha que, como cantos de sirena, me atraían en silencio; mientras el sacerdote recitaba su ruego por el alma de don Ramón cuyo ataúd esperaba ser sumergido.

¡A punto estaba de ser navegable aquel cementerio!

Pero eso… ¡había sido otra historia!

Ignacio Achútegui Conde
Logroño, a 22 de mayo de 2016

lunes, 22 de febrero de 2016

Miro las huellas...






© Texto:Ignacio Achútegui Conde (Nacho)
Fotografía:
Titular de los derechos: el autor
















A Sara


Miro las huellas que borra el viento
y pienso…
¿Dónde ha de llevar el camino que otros recorrieron?
¿No he de andar el mío propio?

Miro mis pisadas. También las borra el viento
y pienso…
¿Cómo volver atrás?

Ya no es el mismo lugar del que vengo
¡Ya no existe el camino,
ni yo misma soy aquella que lo emprendió!

Ignacio Achútegui Conde.
Logroño, a 22 de febrero de 2016